Matilde Cantos Fernández

Hija única de una familia acomodada, nació el 20 de septiembre de 1898. De su padre le viene su ideología de izquierdas.

Inició su actividad política entrando a formar parte de un grupo de jóvenes que tenían como referente a Mariana Pineda, la gran defensora de la libertad.

Luchadora infatigable por sus ideales de justicia y libertad, se involucró completamente en la política española, llegando a desempeñar cargos públicas en la República y más tarde en el exilio.

Defendió siempre los derechos de las mujeres, denunciado los privilegios de los varones por el simple hecho de serlo. Como anécdotas de su carácter rompedor, podemos señalar que fue la primera mujer en conducir un coche en la ciudad de Granada.

También era una mujer muy interesada por la cultura y no perdía ocasión por acudir a cualquier acto de este tipo. Es así como se inicia su amistad con Federico García Lorca.

Cursó estudios de Psicología. Posteriormente se especializó en Criminología y se graduó en Ciencias Penales.

Se casó y tuvo dos hijos que murieron. Terminó separándose de su marido y se marchó a vivir a Madrid donde continuaría su labor en las esfera política, cultural y en todo aquello que estuviera relacionado con el desarrollo de las mujeres.

Afiliada al PSOE, dio su primer mitin en plena dictadura de Primo de Rivera. El tema sobre el que versó fue la superación de las dificultades y la no resignación.

Aprobó por oposición la plaza como como Penitenciarista en la Sección Especial de la Dirección General de Prisiones, siendo pronto nombrada Delegada Técnica del Consejo Nacional de Tutela de Menores.

Durante la República prosiguió con sus actividades, en defensa de las libertades y de la democracia. Así, en 1933 se integró en el Comité Nacional de Mujeres contra la guerra y el fascismo y luchó sin descanso al lado de mujeres como Dolores Ibárruri y María Lejárraga.

Tuvo la amistad y el reconocimiento de Largo Caballero, Victoria Kent, Clara Campoamor, Indalecio Prieto, entre otros.

Fue compromisaria para la elección de Manuel Azaña como Presidente de la República en Mayo de 1936.

Durante la guerra civil, recorrió el frente animando a los milicianos y dando mítines junto a Miguel Hernández y Rafael Alberti.

En 1937 encabezó la delegación del PSOE en el Congreso Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, celebrado en París, a donde regresó un mes después para solicitar ayuda ante la Internacional Socialista y la federación Sindical Internacional.

En 1938, en plena guerra civil, fue nombrada Directora del Instituto de Estudios Penales y desde ese puesto ejerció también de Directora General de Prisiones.

En 1939 y siguiendo las vicisitudes del Gobierno republicano, marchó primero a Valencia, luego a Barcelona y desde allí, se exilió a París, Marsella y finalmente recaló en México.

Allí desempeñaría tareas como trabajadora social, dedicada a los colectivos de marginados y a la población indígena mexicana. Igualmente se dedicó a la colonia de exiliados sin olvidar a los que quedaron presos en España.

A pesar del peligro que suponía retornar a España, decidió volver en abril de 1968. Fue detenida en Barajas y tras pasar unos días en la Dirección General de Seguridad, fue puesta en libertad.

En mayo regresó a Granada, donde se instaló definitivamente, tras un viaje a México, en agosto de 1969.

A partir de entonces, la vida de Matilde, que vivió pobremente en pensiones de tercera clase, estuvo marcada por la clandestinidad política. Alentaba a los jóvenes, en las asambleas universitarias, a luchar contra las injusticias y la dictadura, llegando a hacerse muy popular en Granada. Con la llegada de la democracia, tuvo varias ofertas para presentarse como diputada, pero ella prefirió dar paso a los jóvenes.

Murió en Fuentevaqueros en 1987 en una residencia de ancianos.